lunes, 12 de enero de 2015

El Espantapájaros verde.

El espantapájaros verde llegó a la colonia de los espantapájaros azules. Desde el primer momento que lo vio el jefe de los espantapájaros azules se dijo a si mismo: este chico nuevo tiene que jugar conmigo a las cartas aunque tenga que matarlo. Empezó a dar órdenes a los demás espantapájaros azules. Se movían todos bailando y jugando entre sí, y los pájaros de colores, violetas, amarillos, rojos, revoloteaban sobre sus sombreros en bandadas frenéticas llenas de armonía y sincronicidad. Los pájaros lanzaban trinos de lilas, trinos de cristal, diminutas campanitas que encerraban campanitas aún más diminutas, diapasoncitos que titilaban como pequeñísimas estrellas, minúsculos grillos cabezones y muy negros que salían de las gargantas como gotitas de agua, silbos de plata y de oro, dorados y fulgentes como la absenta esmeralda, o fucsias y morados como los anocheceres. Los espantapájaros los hacían volar una y otra vez para que todo el mar de espigas amarillas se deslumbrara de su propia belleza. El viento ondulaba la explotación rabiosamente amarilla y hacía a los espantapájaros bailar un concierto de magia. El espantapájaros verde entabló conversación con el jefe de los espantapájaros azules. Pero no se quisieron, se enfrentaron desde el primer momento. Lástima. Los espantapájaros azules decidieron a una orden de su jefe bailar la danza de los cuervos negros. Danza macabra llena de esqueletos y monstruos bubosos que surgía de la tierra voraz  como terribles serpientes, gusanos y vermes repulsivos. El espantapájaros verde se llenó de arañas, grandes arañas de plumas negras y entonces acudió en su defensa el jefe de los espantapájaros azules. El miedo cesó y el muchacho se alegró profundamente y decidió jugar a las cartas con el jefe de los espantapájaros azules. Ni que decir tiene que la madre del espantapájaros verde lo perdió todo y se quedó en la ruina. No quedan ya espantapájaros verdes, porque la hermana de la madre del espantapájaros verde se ha dado cuenta de que todo se lo come un espantapájaros azul que es feo y malvado y tiene un corazón negro como la muerte.


Noviembre 15, 2006

Nueva Variación con Cerdos de El Descenso.

Y subían los cerdos por la curvilínea rampa como una procesión de infernales nazarenos cuyas capuchas eran rostros espantosos de hocicos y colmillos. Procesión macabra de cerdos, de cerdos desnudos, con su leve colita torcida exactamente igual a lo torcido de la hélice por la que subían, toda ella llena de rabiosos escalones, afilados al igual que dementes uñas, o como estridentes y demoníacos dientes. Cada vez que un cerdo, o una cerda, un hombre cerdo, me refiero, tocaba un peldaño, un agraz sonido de goznes metálicos oxidados descoyuntaba la atmósfera del tubo que succionaba hacia abajo con frenético espasmo. Eran las mujeres cerdas de pechos diminutos o de grandes senos, y desnudas como estaban excitaban la imaginación de sátiros y boyeres, pura atracción sexual y libidinosa, muy caliente, tórrida, cascabel de serpiente, violín en agudos serruchos, liquen verde, pero sus caras horrendas desinflaban falos enardecidos, como jarros de agua helada sobre el cuerpo. La monstruosa pocilga ascendía giratoria hacia arriba exhalando flores negras, de pétalos tal patas de arañas, rasgaban la música acordes chirriantes y el perfume de musgos corruptos aterciopelaba el ropaje epidérmico de los Hilocheros que subían, que ascendían, posesos y voluptuosos en el filo del abismo. Llegaron a la escalera principal. Era digno de verse las carnes rosadas de las mujeres cerdas, levemente amarillentas, y las mujeres cerdas vietnamitas, de parches negros y rosados, enormemente femeninas, curva y curva y curva, magníficos culos y senos que terminan en punta con los botones de los pezones, las piernas que marchaban, ritmo de turco, pureza musulmán en la sensualidad, hirviente, al rojo vivo, al punto mismo de la eyaculación , al borde inmediato del orgasmo, afrutado, tropical, era digno de verse. Los rostros no podían ser más animales. La esfinge, las esfinges, demostraban su faz porcina, cerdas o jabalinas, cerdos, o puercos, o fieras. Llegaron a la sala de los sacrificios. Empezaron a degustar los manjares allí depositados, era todo una porquería horrísona. Los dientes crujían devorando el alimento, la sala parecía flotar sobre el aire, eran los más extraños y deformes ángeles en la más estrambótica catedral edificada. Observaban extrañas e hieráticas estatuas de un solo ojo, sepulcralmente impasibles, la orgía, la tremenda bacanal, la gula enfurecida en todas sus proyecciones y representaciones, derramábanse los licores en la mesa, caían los líquidos y las migajas al suelo, salía la saliva y el alimento de las comisuras de los hocicos, sucios, guarros, marranos, prolíficos en el devorar y devorar, sin fin, incontenible. Los grandes racimos de uvas, rojas y negras, gordas como ciruelas, pasaban a las manos de los puercos. Luego llegó el sexo, la consumación de la lujuria, anaconda, serpiente. El aquelarre se multiplicaba con aceites perfumados, se juntaban aceites en la piel, brillaban a la luz de grandes teas, cual cabelleras de gorgonas, relumbraban como el bronce, los cuerpos, tatuados de musgos, suaves, resbaladizos, piel de ranas, de anfibios amazónicos, caras de jabalíes, se frotaban, bacanal absoluta, bacanal absoluta. El lupanar se elevaba por encima de las aguas estancadas, negras e insondables, sobre el abismo. De una fuente brotaba la sangre, la vomitaban cerdos de bronce, había un caleidoscopio sólo de colores rojos, naranjas, y amarillos, de la gran plataforma se caía en lo obscuro. El compás de los instrumentos se abatía demente y acelerado, y los cerdos copulaban entre ellos. Algunos, ya cansados, cogían dagas curvas y afiladas, como sus propios colmillos.

Noviembre 14, 2006


sábado, 10 de enero de 2015

Variación para vomitar de El Descenso.

Las cabezas son asquerosas, repugnantes, incitan al vómito, provocan náusea, están sacadas de la mente de un psicópata. Las cabezas son ojos, una enorme pupila llena de venillas, ictérica, sobre un cuello y un cuerpo humano, paradigma infernal de lo deforme, del asco. Suben por la escala que da vueltas vestidos de frac en un aquelarre hipnótico y surrealista, odioso como una espiral monstruosa, proporcional a lo patológico, a lo mórbido, a lo supurante. Suben pulsando cada tecla del giratorio piano como si sobre cada ficha del dominó musical blanca y negra tocara un soberbio y espantoso demonio la partitura de los enfermos mentales. Las corcheas y las fugas, las redondas y las semifugas que surgen cuando cada cíclope horrendo marca el curvo diapasón son como cangrejos infernales que saltan de línea en línea cual arácnidos en estado de éxtasis. No pierden la etiqueta los bichos ante el brutal hueco que succiona sin límites, y la boca del cocodrilo, cuyos dientes blancos y negros semejan a un piano, permite el ascenso de las estomagantes cabezas igual que si conquistaran el cielo los marranos. Suben también por el helicoide los hombres cabeza de tentáculos, ciegos y al mismo tiempo sensitivos, en un clímax de náusea y cólico sin mácula, estercolizante, inmarcesiblemente guarro, con el toque maligno de la bestialidad. Lo onírico es una pesadilla en la que chirrían goznes oxidados de satánicas puertas que se abren para mostrarnos lo macabro, sin conmiseración. Cientos de moscas revolotean. Los hombres cabeza de tentáculos tienen por dicha cabeza una maraña de largos vermes que se agitan como serpientes enloquecidas. Ascienden el logaritmo, la espiral áurea, que hacia el cielo se eleva, con una desvergüenza propia de criminales. Es la conquista de las esferas superiores lo que anima a estos bichos, a estos despojos deformes, a ascender por la hélice infinita. Por fin llegan a la cúspide y brotan de las profundidades victoriosos, el horror de más allá de la ultratumba defeca instantáneamente todo su pavor y el negro excremento explota en la letrina. Un denso olor a jazmines muertos exhala una lepra sin límites. Los hombres glóbulo ocular y los hombres cabeza de tentáculos llegan al trono de los diamantes y las arpas quiebran sus cuerdas y los serruchos afilados cortan miembros humanos en las salas del terror. Los tentaculosos buscan en la maravilla llena de luz, con el espíritu de las deformes panteras, hambrientos de jóvenes ángeles, sedientos de nacaradas ninfas, y los cíclopes quieren hacer millones de fotografías al paraíso antes de prenderle fuego. Sobre los tronos las abominaciones se sientan, sus manos son garras y entonces, sacándolas de las ánforas donde las conservaban, muestran las cabezas humanas que vendieron a Satán. Un inmenso estruendo, o pedo, colma el dibujo y todo el aceite del vaso rebosa y se derrama. Los tentáculos de un monstruo acarician una pupila, hay un molusco de náusea, fermento, y horror, sin fronteras, sin contorno, indescriptible. Gotas de parafina líquida.

Octubre 30, 2006


El Alien.

El Alien había muerto, su horrendo cuerpo descansaba frío, sepulcral e inerte en el suelo igual que una extraña flor de nauseabundo aspecto. La fiera, con el vientre desgarrado por una lanza escupía aún ácido de sus tripas desprendidas, y el ácido, voraz como la propia bestia que lo engendrara, desollaba la superficie de piedra que lo acogía gota a gota, desprendiendo volutas de vapor y mordiendo dicha superficie con rabia. Allí comenzaba la putrefacción del monstruo, el bicho debía corromperse y llegar a la esfera de lo brutal. Poco a poco su piel verdinegra se fue haciendo más obscura, a medida que pasaba el tiempo, los días, y en ella se iban acentuando todos los rasgos de lo marchito. Empezó a oler, un denso y marasmático olor a carne infecta, a amoníaco y otros alcaloides y a silicona quemada. Por el esfínter anal empezaron a salir las grandes y blanquísimas lombrices, las tenias asquerosas, como un manojo de nervios y gusanos. Temblaban macilentos, con rápidos y violentos movimientos, en el agujero anal de la bestia, y de sus minúsculas bocas salían poco a poco cuerpos de esperpénticas moscas amarillas, provistas de un aguijón venenoso. Por la boca del despojo miserable también empezaron a salir gusanos, allí se incubaba una peste, una malaria espantosa llena de imprecaciones dañinas y agrias. De las abiertas tripas la naturaleza fecundante hizo abrigo para larvas negras y azules que parecían bailar frenéticas a la luz que el cadáver recibía desde el cielo, formaron crisálidas verdes, de una seda riquísima, que incubaron mariposas arquetípicamente deformes. El gran y mortuorio globo se fue hinchando, deshinchando y vuelto nuevamente a hinchar mientras engendraba infernales y sucios artrópodos. Rezumó líquido en una orgía de delirante insecto. Su corazón, duro como el basalto, sin embargo, no se pudría, permanecía incólume igual que el huevo de una fantasmagórica gallina. Dentro estaba el último recurso del Alien para la supervivencia, todo el cadáver había de desintegrase hasta dejar libre su negro corazón. En él, el minúsculo protoalien estaba invernando. Agazapado como una infección reincidente, como el reducto de unos asesinos en la sierra. Los investigadores cogieron el corazón y lo echaron al fuego, para que ardiera su contenido y se extinguiera la enfermedad pero un traidor sustituyó el huevo caliente de las llamas y cuando estuvo frío se lo tragó como una ofrenda o sacrificio a Satanás. Lo llevó dentro de su interior trece horas hasta que lo defecó igual que un transportador de droga. El bicho casi moribundo que albergaba debía ser cuanto antes extraído de su concha y protegido, nosotros sus adoradores sólo albergábamos esa esperanza. Cortamos la dura carcasa, ósea, marmórea, la semilla de la nausea y dimos a luz al ser. El cangrejo era diminuto, el más pequeño de su especie, y necesitaba un cuerpo sano, trajimos una enorme vaca para que lo renaciera. Esa noche, al observar que sobrevivía celebramos ritos de gloria y sacrificios humanos, practicamos el canibalismo y el sexo, y matamos a un recién nacido arrojándolo a una caverna. No sabíamos que allí nuestros enemigos protegerían a la criatura y la salvarían de la muerte.

Octubre 29, 2006


viernes, 9 de enero de 2015

El Rinoceronte y las Mariposas. Corregido.

La bestia de un solo cuerno marchaba opulenta entre los pastizales. Al pisar sobre la tierra los golpes de tambor ponían una marcha militar violenta sobre la avena amarilla enfurecida. Las cigarras no dejaban por eso de aserrar sus contrahechos violines estridentes y sus diapasones esquizofrénicos depositaban sobre la sabana acordes puntiagudos de maderas libidinosamente cortadas. El calor elevaba transparencias como gasas de cristal que temblaban líquidas al paso majestuoso del opulento unicorneo. Allá en la rama el pájaro carpintero con su plumaje blanco, negro, y rojo, clavaba una y otra vez su pico de hueso sobre la corteza de un deforme y estrambótico árbol, una corteza de dureza colosal que se resistía a abrirse en agujero y dejar al aire el gusano para el pico fierísimo de la avecilla. Sonaba la castañuela una y otra vez en el descomunal silencio que se adornaba de las cigarras incansables y de las pisadas del flemático orco. El rinoceronte dejó de tocar los tambores, se detuvo, bajó su deforme cabeza y con sus belfos empezó a mordisquear una amapola. Las amapolas, púrpuras y ensangrentadas, estaban entre las espadañas y los cardos verdes y amarillos, secos y febriles, combados y curvados por un casi viento. El brutal pasaba devorando amapolas, sus ojos diminutos brillaban rojos del reflejo de las carmesíes adormideras, y éstas tiritaban insolentemente rojas de terror ante el despiadado labio del rinoceronte. Comía una y otra vez la flor, el duro y desproporcionado atlante se abatía sobre la roja y tierna debilidad entre la hojarasca amarilla. Un cardo protestó de un pisotón e intentó vengarse clavándose sobre la dura coraza del gigante, en vano, su afilado cuerpo vegetal se deslizó sobre la piel como una cosquilla levísima. Seguía comiendo amapolas. El rinoceronte, de una majestad gordísima atacaba el endeble pétalo, su belfo gris se llenaba de débiles corolas. De pronto se abatió sobre la infernalidad de su robusto cuerpo la primera mariposa. Una mariposa azul y verde que revoloteaba tal una cinta al aire se enfrentó a lo rotundo. El bicho siguió devorando flores. Luego se aproximó otra mariposa a la fiera y el gran herbívoro tuvo que sostener sobre su lomo dos mariposas airadas. Se llegó a la inmensa persona del monstruo una tercera mariposa, y luego una cuarta y una quinta y una sexta y diez y nueve más. Un enjambre de mariposas índigas y esmeraldas atacaron a la ferocidad, una se posaba en la punta del cuerno, y otra se le acercaba a la orejita indecorosamente verde y violeta. Y todas, como en un banco de peces marinos atacaron al rino, entre la espesura seca de la sabana. El calor en el suelo hacía arder negros alacranes revolucionarios, largos lagartos huían a esconderse, pisaba la montaña el veneno reventando los cuerpos de los suicidas artrópodos, derramando la cicuta sobre las astillas. El gordo luchaba contra las mariposas, huía de ellas, las perseguía, sonaban los tambores bajo los pianos, vibraba la tierra, las cigarras insolentes callaban o volvían a apuñalar, temblaba el orbe sacudido por la soberbia. El león se despertó de su sueño de gacelas. Una y otra vez las mariposas endiabladas se cernían indómitas sobre el descomunal arquetipo de lo ciego, y las amapolas liberadas sonreían ante el sol rojísimas como la sangre de un asesinado. Vencían las bellísimas aladas al cuerpo de tanques del ejército de tierra, allí sobre el rotundo e inmenso cuerno, en su cúspide, el sol, en el ala iridiscente del insecto, lucía y se descomponía como un brillo. Debilísimos cristales atacaban tambores de guerra, y, ante la tierra que temblaba, el ataque de lo cristalino rasgaba con las cigarras la guitarra de un día de verano.

Octubre 29, 2006


El Rinoceronte y las Mariposas.

La bestia de un solo cuerno marchaba opulenta entre los pastizales. Al pisar sobre la tierra los golpes de tambor ponían una marcha militar violenta sobre la avena amarilla enfurecida. Las cigarras no dejaban por eso de aserrar sus contrahechos violines estridentes y sus diapasones esquizofrénicos depositaban sobre la sabana acordes puntiagudos de maderas libidinosamente cortadas. El calor elevaba transparencias como gasas de cristal que temblaban líquidas al paso majestuoso del opulento unicorneo. Allá en la rama del árbol el pájaro carpintero con su plumaje blanco, negro, y rojo, clavaba una y otra vez su pico de hueso sobre la corteza de un deforme y estrambótico árbol, una corteza de dureza colosal que se resistía a abrirse en agujero y dejar al aire el gusano para el pico fielísimo de la avecilla. Sonaba la castañuela una y otra vez en el descomunal silencio que se adornaba de las cigarras incansables y de las pisadas del flemático orco. El rinoceronte dejó de tocar los tambores, se detuvo, bajó su deforme cabeza y con sus belfos empezó a mordisquear una amapola. Las amapolas, púrpuras y ensangrentadas, estaban entre las espadañas y los cardos verdes y amarillos, secos y febriles, combados y curvados por un casi viento. El brutal pasaba devorando amapolas, sus ojos diminutos brillaban rojos del reflejo de las carmesíes adormideras, y éstas tiritaban insolentemente rojas de terror ante el despiadado labio del rinoceronte. Comía una y otra vez la flor, el duro y desproporcionado atlante se abatía sobre la roja y tierna debilidad entre la hojarasca amarilla. Un cardo protestó de un pisotón e intentó vengarse clavándose sobre la dura coraza del gigante, en vano, su afilado cuerpo vegetal se deslizó sobre la piel como una cosquilla levísima. Seguía comiendo amapolas. El rinoceronte, de una majestad gordísima atacaba el endeble pétalo, su belfo gris se llenaba de débiles corolas. De pronto se abatió sobre la infernalidad de su robusto cuerpo la primera mariposa. Una mariposa azul y verde que revoloteaba tal una cinta al aire se enfrentó a lo rotundo. El bicho siguió devorando flores. Luego se aproximó otra mariposa a la fiera y el gran herbívoro tuvo que sostener sobre su lomo dos mariposas airadas. Se llegó a la inmensa persona del monstruo una tercera mariposa, y luego una cuarta y una quinta y una sexta y diez y nueve más. Un enjambre de mariposas índigas y esmeraldas atacaron a la ferocidad, una se posaba en la punta del cuerno, y otra se le acercaba a la orejita indecorosamente verde y violeta. Y todas, como en un banco de peces marinos atacaron al rino, entre la espesura seca de la sabana. El calor en el suelo hacía arder negros alacranes revolucionarios, largos lagartos huían a esconderse, pisaba la montaña el veneno reventando los cuerpos de los suicidas artrópodos, derramando la cicuta sobre las astillas. El gordo luchaba contra las mariposas, huía de ellas, las perseguía, sonaban los tambores bajo los pianos, vibraba la tierra, las cigarras insolentes callaban o volvían a apuñalar, temblaba el orbe sacudido por la soberbia. El león se despertó de su sueño de gacelas. Una y otra vez las mariposas endiabladas se cernían indómitas sobre el descomunal arquetipo de lo ciego, y las amapolas liberadas sonreían ante el sol rojísimas como la sangre de un asesinado. Vencían las bellísimas aladas al cuerpo de tanques del ejército de tierra, allí sobre el rotundo e inmenso cuerno, en su cúspide, el sol, en el ala iridiscente del insecto, brillaba y se descomponía como un brillo. Debilísimos cristales atacaban tambores de guerra, y, ante la tierra que temblaba, el ataque de lo cristalino rasgaba con las cigarras la guitarra de un día de verano.

Octubre 29, 2006


Pornografía a las ocho y treinta de la tarde.

Angela, Adela, y Marcos. Los tres en el pajar, desnudos y poseídos por la fiebre. Una fiebre, una calentura de serpientes criminales, de víboras verdes y húmedas, largas, muy largas, entre sandías abiertas que muestran una pulpa rojamente enfurecida, azucarada hasta la diabetes y llena de pepitas negras, como hormigas, la corteza verde y la mosca Drosophila, pequeñísima sobre el relicario de soberbísimo néctar. Ella a él besándole, las dos lenguas retorciéndose como lentos y sanguinolentísimos caracoles, babosas y moluscos ebrios de placer, buscando el deleite, bruto, brutal, fornicación ad extremis. El trío se bambolea a sí mismo, el gran vergajo penetra la ostra y el nudibranquio, la verruga, la cabeza de pavo que entre las piernas de las diosas se desolla con las uñas, rojísimas a un punto, o violetas. Larga cabellera de Angela, en un cuerpo modelado para la lujuria, creado especialmente por un Dios íncubo o súcubo, infernal, entre marasmos y gotas que caen de enormes cirios negros. Hay en el pajar un rastrillo de hierro oxidado, el tridente de un barbudo Dios Neptuno que entre sirenas de opulentas colas ejerce cubanas de semen, ansioso como un demente sátiro. La paja, seca y amarillísima, es un incómodo colchón para los cuerpos desnudos, las nalgas de Adela sufren el peso de la penetración, y Marcos, jinete despiadado lleno de salvajes espuelas de oro, fustiga a la yegua, le da latigazos, con una fusta de carne, oprobiosa gónada del macho feroz, toro de descomunales proporciones, efebo monstruoso de rabioso sexo. Más allá, donde la paja da con el suelo arenoso y sucio, un gallo de pelea de color rojo cobrizo persigue gallinas pequeñas y fieras, emplumadas y lascivas, que débilmente cacarean pidiéndole al macho fecundaciones sin respiro. Y cerdos, siete cerdos, siete redondos, sucios, y obesos descendientes de aguerridos jabalíes, en la estancia defecan sus purines, entre moscas de ébano o bronce verde. La cerda recién parida, echada en el suelo, como una masa de carne sin nervio, amamanta diez diminutos lechones, mientras arriba, sobre la paja, Angela engulle caprichosamente a Marcos que casi se derrite de fervor y gloria mientras sucumbe bajo el dominio del nardo de carne de Adela. Un neumático viejo, sobre el que el agua de la lluvia ha dejado una colección de paramecios y caracoles, atestigua la orgía de los sedientos de deseo, que en un volcán de fuego podrían hacer arder el granero. Los impuros olores de la pocilga no disminuyen ni un ápice la estrangulada y tricéfala cabeza de la serpiente que se autodevora, en un festín contemplado por lascivos y corrompidos jamones vivientes. A través de una de las tablas del pajar tres niños de diez años observan la escena aterrados mientras se preguntan qué clase de espanto están haciendo sus padres. El niño mayor, de quince años, que los ha llevado allí les señala con el dedo en la boca silencio y los niños se ríen mirando la demoníaca posesión y el aquelarre de los corruptos. Las gotas de aceite del semental se derraman en vano sobre las esféricas nalgas de las sodomitas.

Octubre 23, 2006


Pornografía a las siete y diez de la tarde.

Ella sirve el té con parsimonia. Las tazas, de plata, brillan con la voluptuosidad del sol en los espejos retrovisores. La bandeja está pidiendo a gritos pertenecer a un espejo. Coqueta, la muchacha, va sirviendo el té, un té obscuro, en el que el agua hierve y del que se desprenden volutas blancas de vapor, serpentiformes y circulares. Sólo lleva puesto un delantal la hembra, gloriosa y de piel blanquísima, se le ven los senos, duros y grandes como cabezas de recién nacidos, que terminan en botones rosados, débilmente violetas, de una textura inapreciable. Deposita el agua hirviendo sobre las tazas y las bolsitas de té la tiñen de un color profundamente vespertino. Luego la muchacha se da la vuelta, se le ven las angelicales y prietas nalgas, medias lunas, lunas enteras, grandes, rotundas, lisas, espectaculares. Se aleja moviéndolas mientras contonea el resto del cuerpo imponderable, Venus obediente que ha servido la esencia de la India. Los de la mesa, dos muchachos desnudos, dos efebos sodomitas, se aprestan al bebercio de la infusión, sus grandes vergas parecen serpientes enfurecidas, y sus vientres, brazos, piernas, y pechos, modelos anatómicos perfectos para escultores italianos, uno es moreno, con el pelo rizado, el otro rubio, de pelo lacio y largo, los dos tienen los ojos verdes, se tocan los falos mientras esperan a que se enfríe el té. Mientras se tocan, mientras se masturban el uno frente al otro, suena en un compact Disc una melodía barroca, hay en la estancia una pecera con un Beta combatiente, azul y violeta, estático en el agua cual una flor inmóvil, y un terrario con cuatro escorpiones negros, feroces, espectrales. Jarrones ostentosos equilibran varias bustos negros de antiguos generales, servidores públicos llenos de valor y gloria, más allá un cuadro muestra la escena de Danae recibiendo la lluvia de oro, sobre un terciopelo rojo, la diosa, totalmente desnuda, muestra las protuberancias de sus pechos, llenos de leche y miel, bajo la lluvia amarilla en la que Zeus se ha transformado. Los muchachos se levantan de unos sillones tapizados de terciopelo azul, sillones neoclásicos llenos de volutas doradas, y, sobre un sofá naranja se tumban para recibirse el uno al otro en una felación incandescente. Felación posesa de lasciva hambre, en la que la boca de uno de ellos trabaja sobre el inmenso miembro hómbrico del otro con una rotundidad de pecado y sodomía mayestáticos, succión tras succión, y en la que brilla la serpiente trepidando golosa entre los dientes del salvaje esclavo. Entra de golpe en la estancia la feroz hembra africana, negra como el carbón y el ébano, sudorosa, de perfectos pechos redondos, circulares, como pomas deliciosas, manzanas genitales deseosas de ser mordidas, en su pelo rizado lleva, rodeando la frente una calavera minúscula de plata, ceñida como una infernal diadema, y en la mano, pretendiente a los avernos infernales, lleva un estoque para matar toros, afilado cual gigantesco escalpelo de cirujano. Lo clava sobre los sodomitas sin piedad, en sus espaldas, frenética y sin descanso, loca, aguerrida y brutal, es el ángel indescriptible de la muerte, que acaba con los pecadores sodomitas entre los últimos espasmos de la eyaculación. Luego, ella, transida pantera bellísima, cercena de un tajo los órganos genitales de los machos, los deposita en un tarro de cristal y se marcha dejando la espantosa escena con los cadáveres ensangrentados de los asesinados. Un gato de rayas verdes se pone a lamer el pubis depravado y mutilado de uno de los dos muchachos, bebe la sangre y alza la cola.

Octubre 23, 2006


jueves, 8 de enero de 2015

Tercera Variación sobre el Tintero de la Mariposa.

La noche anterior a mi participación en la historia hice el amor con X, sobre su cuerpo de nácar y seda, brillante y flexible, probé el deleite del fuego y la sangre, bebí el vino hasta embriagarme y ya borracho me quemé a mi mismo para olvidar su hermosura. Tenía que conseguir la condena a muerte de un enemigo. Sólo las penas de muerte escritas en tinta de Scrofa sirven, sólo en los escritos en los que dicha tinta brilla se complace el Innombrable. La casta sacerdotal de Ostra lo invoca, tinta de Scrofa, Scrofa orientalis, la mariposa de las alas negras, que apesta de una manera infernal y provoca la náusea, y sangre humana. Para las invocaciones lo peor y lo inmundo. Partí hacia Saturnalis IV, dos soles violetas relucen sobre su circunferencia, selvas e insectos, profundas selvas que no conocen la piedad, en ellas todo devora a todo, nada perdura, y el diabólico alacrán compite con la demoníaca tarántula, y ésta a su vez con la espectral mantis, visión espantosa de la lucha por la vida que fagocita hasta los excrementos. Enfermé de Maladía, mi cuerpo se llenó de pústulas sangrantes, tuve que regresar a Ostra por tratamiento médico, sané, pero mi cuerpo está lleno de deformantes cicatrices y parezco un monstruo, yo, que era el rey de la belleza, disminuido hasta la esfera de lo repugnante, pero tenía que consumar mi venganza sobre mi enemigo, tenía que regresar a Saturnalis y capturar el Omniforo. El Omniforo, el aborrecible y salvaje Omniforo, mitad pantera, mitad ser humano, engendro incestuoso de la larva con el ángel, que exhala olor a podrido y que se alimenta de cualquier cosa, como un voraz híbrido de tigre y cerdo. Tenía que capturarlo vivo y arrancarle los testículos, sin perder la vida, la miserable vida. Comencé la cacería, me llevó semanas, perdí tres de mis hombres en el empeño. Fracasé. Volví de nuevo a Ostra, trafiqué con droga para financiar una nueva expedición, prostituí mi boca a los sodomitas, valgo una náusea, obtuve el dinero. Me miraba de frente el Omniforo, visión abyecta de lo natural, pero no aparté la mirada, vencí al terror y cayó en la red de láser, se retorcía con un paroxismo próximo a la demencia, yo perdí una mano pero la orquídea violeta de su masculinidad cayó en mi poder. Obtuve el concentrado de esperma. Con el concentrado de esperma cultivé la Amanita cesalpoide, diez bandejas de repelentes Amanitas cesalpoides para las larvas iracundas de la Scrofa, meses para conseguir cinco mariposas negras. Después escribí con la asquerosa tinta la invocación. Esta noche ha venido a verme el Innombrable, traía la cabeza cortada de mi enemigo, su sola visión ha causado mi ceguera, soy ahora un deshecho humano ciego, deforme, horrible, despreciable y sin moral, subsisto de las limosnas de los sacerdotes. Toco la flauta de tres sonidos a la entrada del templo.

Octubre 15, 2006


Segunda Variación sobre el tintero de la mariposa.

La mariposa de los desiertos, la Sfinge genotrix, un insecto que rara vez podrá ser visto por ser humano alguno. ¿Por qué?, porque su periodo de incubación es de veinte años y su habitat las inmensas y arenosas extensiones amarillas del Sahara. Una especie no ya en estado de extinción sino totalmente desaparecida. Unas alas blancas en las que se abren dos grandes ojos de fuego tornasolado. Y una larva negra que crece bajo la arena, alimentándose de las raíces de la vegetación. Diez centímetros cuadrados de brillantez absoluta cuando sobre el ámbar sin límites de la planicie desértica atraen desde lejos como pequeños broches de relámpagos a los que intentan coleccionarlas. Habrá veinte ejemplares vivos en todo el mundo. Por eso he venido desde lejos allende los espacios siderales. La humanidad que está dispuesta, sazonada para el holocausto, con sus dientes rabiosos y ebria de ambición no permite la supervivencia de ese ente, yo me encargaré de llevarlo a una reserva apropiada. El marciano baja de su aerotransporte, enchufa el visor, la arena está ardiendo, conecta el módulo de invisibilidad y empieza a caminar frente a las rocas. Ha observado la Margantia effresia, la margarita del Sahara, de sus raíces se alimenta la Sfinge genotrix, se arrodilla ante ella y conecta su observador, allí está se dice, la pupa entre las raíces, la crisálida, de seda verde, dura y correosa. Ha de tener cuidado mientras escarba de no hacer daño a la Margantia, tres años lleva buscándola, más toda una eternidad por todo el universo buscando, coleccionando, recolectando especies en peligro. Es tarea fácil, las rojas selvas de Amberión son más complicadas, la Tierra es un planeta muy simple en comparación. Por fin arranca el capullo, como es invisible pareciera que una fuerza fantasmal y cósmica está trabajando sobre una margarita azul como un viento sin contorno dejando la maraña de raíces al descubierto. Pero no es un asesino, vuelve a resembrar la Margantia, saca un poco de agua de un receptáculo y lo vierte sobre el vegetal. Decide volver a su aerotransporte, la arena ya no arde, hierve, el calor es un demonio que baila contagiado de rabia. Llega a la aeronave. Lleva en un bote pegado a su traje de campaña la crisálida de la mariposa. Ahora tiene que abandonar el planeta Tierra. La aeronave de golpe se eleva, los potentes motores electromagnéticos del artefacto la ejecutan por los aires con una velocidad jamás alcanzada por los humanos. Ya se aleja del planeta Tierra, una bomba termonuclear de sesenta kilotones estalla sobre Moscú. Praderas infinitas y azules de Margantias están sembradas por todo el planeta, es como un mar de flores añiles, como un atardecer invertido que se haya desprendido del cielo. El marciano deposita bajo la tierra el capullo que lleva en un bote. Se le ve la piel al alienígena, grandes tatuajes violetas lo marcan, tiene los ojos verdes intensísimos sin fondo blanco, con ternura observa la belleza añil de la extensión mesetaria. Entre la Margantias corre feroz el tigre de Amberión, iracundo como una brutal exhalación de la violencia, es hora de marcharse, se acerca espantoso entre las margaritas, es hora de marcharse.

Octubre 15, 2006


Variación sobre el Tintero de la Mariposa.

El Spantax horribilis es un extraño insecto del planeta Helicón V. Un extraño lepidóptero de valor incalculable, de él se obtiene un veneno que en pequeñas dosis es una potente droga alucinógena, la esminta. La esminta es más poderosa y afrodisíaca que la cocaína, mucho más alucinógena que cualquier compuesto químico sintetizado por el hombre. En los más de diez mil planetas de la Federación la esminta es la substancia de más valor que se conoce. El comercio negro del tóxico y psicodélico compuesto lo encarece hasta la nausea. Los yonquies de esminta engordan hasta reventar por su propio peso en pocas semanas, desarrollan tumefactas tumoraciones y bubas sangrantes, la piel se les cuartea y agrieta y toman el aspecto de monstruos mitad cerdo mitad lagarto, con grandes ulceraciones, terroríficas, espantosas. Es imposible abandonar la adicción, la esminta proporciona viajes alucinatorios inacabables, prácticamente proporciona una visión global del espacio tiempo, y una sucesión de orgasmos reiterados, el cerebro termina explosionando, licuado, geliforme, destruye la masa nigra. Los sujetos que se inyectan tal abominación mueren a los dos meses, no es posible la cura. Una sola dosis puede enganchar, una sola dosis puede ser mortífera y el daño permanece durante años. El Spantax horribilis crece en los cuerpos de los Yergáis, las bestias feroces del planeta Helicón V. Pero no vale cualquier mariposa, sólo las de alas azules sirven para obtener la esminta. Los demás Spantax no sirven, son la misma mariposa, los mismos genes, la misma especie, pero no sirven, no producen la infernal substancia. El problema se incrementa, se acentúa, los Yergáis son bestias feroces, inmundas, desaprensivas, y muy inteligentes. Son como panteras de comportamiento grupal, extraños e infernales lobos de una soberbia y una ira inmaculada, arquetipos de Satán, luciféricos animales de una demencia y una barbarie ilimitada. El depredador ideal, el arquetipo, el modelo, el molde del depredador sin límites, el fagocitador de todo bicho viviente. Pero vale la pena el riesgo. Atrapas a un Yergáis y esperas su muerte y entonces observas a las extrañas mariposas que germinan del cadáver, rojas, amarillas, verdes, azules, esas, las azules, valen un billón cada una. Pero atrapar a un Yergáis, sobrevivir al ataque de un Yergáis, en su feudo, en las inmisericordes selvas de Helicón es lo difícil. Lo dificilísimo. Porque quien observa un Yergáis se ve sometido de golpe a la visión de la fiera, ella huele el miedo y te lo devuelve centuplicado, te atenaza los músculos, te impide la resolución del problema, y te devora. Y actúan en grupo. Son inteligentes, listas, previsoras, fatales. Si uno se somete a la visión de la bestia puede volverse bestia. Los que las han enfrentado nunca vuelven a ser los mismos, han caminado por el borde del abismo y llevan la huella en el alma como una marca indeleble, el miedo. He tomado mi primera dosis de esminta y conozco, lo he visto, en mi visión todo resplandecía, el lugar, el sitio exacto donde los yergáis están ahora mismo alimentándose, el nido, el sepulcro de sus repugnantes babas. Los venceré, la esminta será mía.

Octubre 15, 2006


Variación de El Descenso con Mujeres Desnudas envueltas en abrigo de visón y tíos en pelotas.

Abierto al espacio se encuentra un tornillo de Arquímedes que desde la sima de los avernos infernales sube hasta la luz. Abierto al espacio de profundidad ilimitada una escalera de un millón de peldaños gira una y otra vez hasta causar ondulaciones en la visión. Por el hueco del helicoide una fuerza llamada miedo, debilidad y vértigo exclama pidiendo con una voracidad inusitada cuerpos y cuerpos para amortiguar su hambre. Hambre secular llena de dientes, succionante, chupadora, feroz, sin macula ni vómito. Todo lo que esa hélice traga, aunque se despeñe rebotando entre los dientes, es ingerido con la manía persecutoria de los depravados. Como un batir de alas de murciélagos por la espiral suena el silencio con la ambición oceánica de las caracolas marinas. Silencio sepulcral lleno de imprecaciones hostiles. El olor a humedad, ambición de perfecta alcantarilla, adjudica a la anaconda la transida mariposa de la suciedad de los salones a obscuras. Y por ese caracol lleno de peldaños, peldaños que parecen los dientes de una infinita y giratoria boca, y por ese caracol suben las mujeres y los hombres. Mujeres desnudas que arrastran grandes abrigos de pieles sobre los hombros y hombres desnudos. Las mujeres, largas, delgadas, de senos grandes, pero muy delgadas, como modelos de alta costura, exhiben su belleza de prostitutas hermosísimas, hieráticas preciosidades del más acusado Julio Romero de Torres bajo el escándalo de la sociedad bienpensante, modelos de la lujuria y sublime desnudez de la omnipotente golfa. La puta desnuda, envuelta en su piel de oso polar, se desviste para que la veamos y comprobemos sus marmóreas esferas de fuego, su línea de pantera. Van subiendo por la hélice. A su lado, los hombres, los modelos, los maricas perfectos, de grandes pollas no empalmadas, que descubren su forma de lujuriosas serpientes de veinte años. Y van ascendiendo, girando y subiendo, por la escala llena de furibundos y afilados escalones de justo ónice. Ellas son espectaculares en sus abrigos de piel de oso, deteniéndose levemente para pasar a la sala de las fotografías y abriendo su abrigo de armiño inmaculado para que observemos la rotundidad del cuerpo de las chulas. Suben sin miedo, con una total desvergüenza, Dios lo permite y lo sanciona, acaso una leve mariposa de color añil se posa en los ojos de alguna estatua. Los hombres marchan también, frenéticos ángeles de aceite, por la espiral dentuda. A cada aspa de la hélice que cobra hindú o pluma rosa toca silba la flauta. Los ángeles de la lascivia degustan el sabor a caramelo del éxito entre las antorchas erizadas de la elipse. Suenan caracoles y babosas sobre lechugas opalinas. Los tíos, marchando como un ejército de curva y cadera, totalmente desnudos, hacen la delicia de boyeres [sic] homosexuales, a los que las babas se les caen de los labios y que sufren el atentado en sus cuerpos de la paja, de la masturbación compulsiva. Y ellas, candidatas a comerse el mundo y doblegarlo bajo sus piernas, marchan casi militares, invencibles, haciendo el equilibrio, rompiendo la hélice a cada paso, decididas, atroces, dominadoras. Espléndidas cazadoras que en lo macabro y lo difícil con desinhibición y desvergüenza alcanzan la victoria. Oh, magnífico, magnífico, la bellísima judía cordobesa en su piel de abrigo de visón, el pelo corto, cadete, y la marcha militar turca deshecha por violentos espasmos de diapasones curvos.

Octubre 15, 2006


lunes, 5 de enero de 2015

Variación con ángeles de El Descenso.

La infinita curva gira eternamente desde la altura imposible hasta la profunda sima. Bajando, la escalera es como el teclado de un estrambótico piano, suenan los acordes brevísimos, las debilísimas notas del helicoidal diapasón. El tornillo de Arquímedes, la circunferenzante espiral que baja desde lo alto hasta el submundo permite al vértigo bambolearse en cada escalón y la estilizada danzante gitana curva su cuerpo, lo retuerce una y otra vez, hasta hacerse de un peso imponderable. En cada escalón, diente de esa boca multitudinaria que sólo sabe de curva y hueco, en cada escalón, afiladísimo como cuchilla de afeitar, el pie de un ángel se atreve. Suben o bajan los ángeles, en sus espaldas las alas plumosas o maripósicas, por la escala, por la hélice, no es un trabajo de necios, o quizás sí, pero ahí está el caso, los magníficos y rubísimos efebos tocan ese arpa innumerable, el arpa que gira y gira y gira, el molusco, la espiral, la hélice, la elipse, el artefacto, y la levedad que se enfrenta al vacío lo extiende y lo estructura insondable, majestuoso, equinoccial. Son alas bellísimas en las que el nácar compite con el dorado, y de pronto, el ala quiroptérica del diablo, el ángel de las inmensas uñas, que sube con la mirada iracunda y rabiosa y los ojos enfurecidamente rojos, viscerales, muy brillantes, carbones encendidos, en los rostros morenos y negros. Oh tremendo tigre de iracunda belleza, indescriptible fortaleza de negra hermosura, Luzbel condenado y entretenido, animal de perfectísima estructura. El vértigo se mueve temblando en cada peldaño, un mármol negro o rosa o verde, lleno de vetas magníficas, tal el suelo de jade y porcelana de un palacio. Los ángeles se enfrentan, es una batalla colosal, los tres equipos, de los que se apodera un frenesí indescriptible, ponen un maravilloso toque de belleza en el soberbísimo caracol que gira sin parar. Pero no, no hay ángeles de alas de murciélago, ni ángeles de alas de paloma, sólo hay ángeles de alas de mariposa, subiendo y bajando por la escala, columpiándose lascivos en la hélice, multitudinarios, preciosísimos, alas verdes, alas rosadas, alas azules, alas fucsias, los jóvenes se incorporan sobre el pretil y el hueco que intenta tragarlos aspira sin descanso, pero los grandes toreros por verónicas celestiales burlan al giratorio toro y lo dejan contrahecho, lleno de infernales dientes. El hueco promete al vértigo la ejecución de algún diamante, pero los diamantes sublevados se niegan a pertenecer a la esfera de lo estomacal. Los hombres mariposa y las mujeres mariposa tocan el clavecín circular con la amabilidad y la delicadeza de un ala de seda y polvillo de oro. A cada paso el pie en el escalón lo hace sonar de esmeraldas y rubíes, y aunque en la esfera de lo macabro, quizás allá más abajo esté agazapado, escondido en una vuelta de hélice el maligno murciélago, no hay en la esfera ningún sonido agrio, ningún chirrido afilado, salvo el del arquetipo que gira y gira en el espacio sin límites. Procesión de encanto psicodélico, éxtasis sobre la circunferencia.

Octubre 15, 2006


Variación con Transexuales de El Descenso.

Estaba en mi habitación absorto en mis preocupaciones, mediocres y estúpidas, cuando se me presentó Lucifer. Estaba vestido de elegante negro, jersey negro y pantalón vaquero negro. Efectivamente, ella estaba, Lucifer, realmente buena. Seductoramente se fue desvistiendo mostrando la perfección de un cuerpo hecho para el pecado y después, cuando la luna la bañaba de aceite de nácar, se puso a mover las caderas y la cintura al compás de algún ruido lejano. Me dijo entonces, Francisco, quiero una versión con transexuales de El Descenso, y yo, obediente, sumiso, esclavo a sus resoluciones, busqué a la simpar Bibí para situarla en la macabra espiral, luego pensé que necesitaba a un transexual no operado y más tarde la espantosa y pavorosa imagen que visioné un día en un sexshop de un hombre con barba y vagina vino a mi mente con todos los aditamentos de mi terror a la castración. Pero la hélice se abre al vacío, escalón tras escalón, ónice sobre ónice, jade sobre jade, arista sobre arista, la boca giratoria ilimitada se descubre con miles de aspas, una tras otra, de perfecto mármol, granito, porcelana. Y ellas suben, desnudas, los falos cuelgan sin erección entre las piernas depiladas y ellas, las piernas, sobre los tacones plateados, en un equilibrio inestabilísimo, marcan un tango sin pareja o un vals de pianos dementes en la espiral, que tiembla de purísimo vértigo. Los redondos senos, aceitosos y brillantes, duros y bamboleantes, estriden contra los grandes falos, y las cabelleras rubias y morenas se agitan al viento que por el infernal tubo pide fantásticos cuerpos de ángelesdemonios, de demoniosángeles, líneas de sexo sobre dorados tacones, que pisan, que golpean cada rabioso peldaño. Chupa el salvaje animal, el frenético caracol, la arista, el multitudinario diente del tornillo, y Andrómeda, de ampulosas tetas, cuerpo fabricado para el marasmo, húmedo como el musgo en otoño, sube con delicadeza y miedo y, al pavor de la escala, opone el sublime artificio de su cuerpo hermafrodita, galáctico. Los desnudos senos, las cabelleras opalinas, los muslos sudorosos, mojados como por la eterna lluvia, las largas pestañas, los ojos maquillados de un violeta misterioso, se eclipsan ante el esófago, que lleno de espinas a tocar jura que obtendrá para sí la estrambótica hermosura andrógina. Oh los culos que suben por la infernal pared, con el lunar que abre la carcajada a los cuatro vientos, y ellas, ellos, subiendo por la elipse, mostrando su extática forma mixta, bailando en el filo curvo de un alfanje. Y las náyades hermafroditas que, obligadas, suben por la estructura del hueco, ponen el contrapunto de un extraño instrumento de música. Esmeraldas rabiosísimas, lilas furibundas, y plumas de erizados pavos reales, para las híbridas y dionisíacas panteras. Hermes y Afrodita, obligados a ascender por la hélice tocan, tañen, cada escalón y el arpa abre al pavor un mundo submarino lleno de conchas iridiscentes. La Drag Queen obesa, barbuda, con plumas de avestruz rosas asciende por la espiral con la difícil resolución de lo imposible señalando, en el ámbito del peligro, un escarnio de carne y lapislázuli. Cumplido el mandato de Satán puse término a la ascensión de los agridulces lirios, escrito en letras amarillas se podía leer la palabra Corrupción.

Octubre 15, 2006


Federico García Lorca en el Restaurante.

Hecho para matar el Tiempo.

El restaurante italiano bullía como la Semana Santa en Sevilla. Noventa comensales desaprensivos depredaban iracundos los escalopines al Marsala y las Lasagnas a la boloñesa con la ambición brutal de los caníbales dementes. Las Lasagnas hirvientes crepitaban furiosas de calor y más de una lengua se achicharraba en los voraces con la gula insaciable y soberbia del apresuramiento. Quemaban como soles los deliciosos macarrones a la napolitana y el chocolatiforme Tiramisú ponía una nota de dulcísimo piano a la orgía de cocina italiana, en su punto, con el toque furibundo de un Berlusconni exorcizado, bajo la apoteosis de Cesares y Benedictos. Se movían los camareros igual que danzarinas egipcias porteando las bandejas, sirviendo el vino, o la gaseosa, frenéticos bajo la mirada de los jefes, aduladores ad nauseam del cliente. Una decoración de rojo perfecto adornaba cada pared del local, antesala del dolor de estómago. Allí unas cuantas flores violetas le obsequiaban con un punto de frágil belleza. Más allá, un cuadro de Canaleto lo convertía en inmejorable. Federico García Lorca entró. Se pidió el plato de pasta más barato que había, su economía de poeta y el ludópata de su hermano no dejaban cabo suelto para mayores aspiraciones. Pronto se vio rodeado de nuevos comensales que entraban y salían tal hormigas de un laberinto. Al lado suyo un par de alemanes se sentaron. No había suficientes sillas en el comedor y dejaron el grueso paquete que llevaban en la silla de la mesa de Lorca. Lorca siguió comiendo inocente. De pronto la policía hizo acto de presencia. Perdone pero tiene usted que acompañarnos, no haga escándalos por favor, está usted detenido. La pasta al burro que el poeta acababa de ingerir empezó a querer salir de sus tripas por todos los esfínteres del cuerpo. Este paquete no es mío, acertó a decir el poeta mientras el bulldog le ponía la mano en el hombro. El vate se acordó de un dicho de niño: ¿en qué se diferencian un león de un maricón?, en que un león no se deja que le pongan la mano en el hombro. Toda su niñez y toda su adolescencia pasó ante sus ojos deslumbrante, mortífera, dañina, esplendorosa, sádica, divertida, amable, pérfida, solitaria, siempre solitaria. Pero están ustedes en un error volvió a repetir el versista. Extraños pájaros de unos colores jamás contemplados pasaron por la mente del poeta cuando se enfrentó a los ojos azulísimos del policía. Llegaron a la comisaría, pusieron a Federico García Lorca desnudo y le hicieron un tacto rectal, le tomaron las huellas, sabía el poeta de maravillosos versos pero no tenía ni idea ni de un simple Habeas Corpus, sólo de pensar en lo que costaría un abogado hizo a Federico desfallecer por momentos, no había vendido ni un solo verso en los últimos tres años. Volvió a acordarse del ludópata de su hermano, y del otro, el obrero, el que casi pierde una mano en el trabajo. Un policía comentó que sabía de su afición por los niños y sonrío con un toque maligno. El calabozo esperaba, allí un vagabundo piojoso le reconoció, se le insinuó, la baba le salía de las comisuras de la boca con un toque húmedo de espléndido liquen. El Lorca empezó a llorar.

Octubre 2, 2006


domingo, 4 de enero de 2015

Variación con Cerdos de El Descenso.

Subiendo lentamente por una hélice infernal los Hombres cerdo con sus caras porcinas y horribles danzan sobre el abismo espantosos y equilibristas. Sus animales caras, de hocicos alargados y colmillos de jabalí, atestiguan la deformidad y el vicio de sus almas. Ascienden despaciosos, a pesar de su ferocidad innata, son conscientes de la macabra espiral, llena de húmedos escalones, por la que tienen que subir. El hueco de la escalera chupa los cuerpos con voracidad, apetece cualquier masa de carne, infecta o nó, como la anaconda brutal que es, erizada interiormente de colmillos y escamas de mármol. Los magníficos cuerpos de los atletas contrastan estrambóticamente con sus caras de cerdos que demuestran el alma de barro que contienen. El caracol por el que ascienden premiará al victorioso con los exquisitos manjares reservados a los habitantes de las letrinas, pero si caen reventarán contra el insondable fondo tal una pústula que explota. El inmenso cocodrilo espiral arranca de cuajo al cerdo que no sepa poner bien el pié sobre el teclado infinito de su piano. La música huele a dentellada de tigre sobre lomo de jabalí, y en la afilada uña, y en las afiladas uñas de la dermis de ese intestino, aparece, en equilibrio inestable, los redondos y campanudos senos, la piel blanquísima y el encanto sublime de la esperpéntica Mujer cerda. Y la puerca, tal una abstracta esfinge egipcia se mueve lasciva y pavorosa sobre el abismo pulsando el demoníaco clave, la satánica arpa, con la resolución de lo mórbido. Suben los Hombres cerdos con sus torsos aceitosos, brillan los colmillos de los Hiloceros, alfanjes de luna, y sus figuras estilizadas de ángeles demoníacamente enmascarados hacen a la helicoidal catedral del molusco fantasmal y luciférica. La guarra se pavonea sobre el desfiladero atenazada por el terror y ansiosa de lujuria; su piel reluce tal si fuera de nácar, y su rostro pone un espasmo circunflejo de fealdad sobre la impresionante sima. Sobre lo abisal la Mujer cerda asciende voluptuosa, temblando, repugnante, bellísima, furiosa. Un deforme tartamudo intenta tocar la armónica y el aberrante pitido enlaza un fuera de juego que despeña varios cerdos hacia la muerte. El precipicio se adorna con flores de sándalo y arpegios de estiércol. La marrana pone su angelical pié sobre la campanita de cristal de la torcida llave inglesa. Los cerdos vencen. Y las hienas, felices, se emborrachan con un vermút rojísimo en la cúspide.

Septiembre 26, 2006


Variación con ojos de El Descenso.

Ojos palpitantes se abren en los cuerpos, en los torsos desnudos de los protagonistas. Palpitantes ojos extranumerarios, desperdigados por la epidermis como inmensas picaduras de mosquitos, horribles y espantosas picaduras o excrecencias que multiplican la visión humana. Ojos parpadeantes y mefistofélicos, horrísonos y abyectos, vivos, por todo el cuerpo, el pecho, los brazos, las espaldas. Los protagonistas están marcados por el esperpento cual arquetípicos infectados por un virus. Descienden la hélice corrupta, la máquina de innumerables dientes. Bajan despacio, con parsimonia, el vértigo es una leve ondulación, un desplomarse en el vacío y un caer chocando que hace vibrar diapasones malignos, mórbidos, chirriantes. Como el abrir una puerta de acero sin aceite, la música de los cuerpos pone histéricos y deformes pavos reales en la superficie de musgo y liquen de la descomunal escalera. La escala es el caparazón de un Nautilus colosal, el tornillo de Arquímedes sin fin diseñado por un orco, el proceso demente de un juez del medievo lleno de soberbia e ira que se abre al espacio cual la dentadura sin fin de un millón de bocas repugnantes. Cada atleta marcado pulsa la muela de la espiral mandíbula, agarrando cada resquicio de la pared y llevándose en los dedos jirones de vegetación enmarañada mientras los parpadeantes y repulsivos ojos lloran irritados por el sudor glacial que produce el terror. Allí pone el pié el atleta nauseabundo, allí la dificultad y el vértigo encrespan el pelaje de infinitos felinos y el arpa, el piano y el órgano se ponen de acuerdo para lanzar al hueco una nota de pavor. El hueco aspira y chupa, succiona sin pausa, quiere devorar a los marcados que sienten el pavor y el mareo en cada ojo vivo, en cada parcela o átomo de la dermis sensitiva, hipersensitiva, hiperestésica, sufriente. Y la hélice se dispone a triturar y tragar, tragar y triturar, hambrienta, feroz, tigresca, omnipotente, libidinosa y enferma. Los enfermos, los extraños seres poseídos, descienden atenazados por la pared y a cada minuto que pasa, a cada peldaño de granito afilado que pisan, sus cuerpos, como pesadas moles o sacos de harina gigantescos, se superan en volumen y dificultad. Cansa cada peldaño como si se acariciara el pitón de un toro macabro. Cansa cada escalón como si acariciara con la lengua el filo de una navaja el psicópata demente que se hiere a si mismo. Tiemblan las piernas sobre la cuerda tendida en el abismo. Vibran las cuerdas de las arpas diabólicas. Los ojos parpadean y lloran, y el espanto se cubre de aceite y brea hacia abajo, hacia el abismo que traga, centrípeto a la bordeante dentadura del molusco giratorio. Esta hélice despedazaría los cuerpos sin su misión no fuera proporcional el asidero en el infernal esófago de la horripilante cobra venenosa. Los pintarrajeados y estigmatizados cuerpos descienden por la boca, por el esófago, hacia el fondo de lo tenebroso. El híbrido de pavo real y humano se descuelga por la escalera de caracol que succiona y succiona. Una corriente de aire exhala el hedor de la humedad y la locura tiene las características de lo inimaginable.

Septiembre 26, 2006


Nueva Variación Arlekinada del Descenso.

La infernal dentadura estaba abierta, boca lasciva del gigantesco cocodrilo, tiburón en ciernes. Y el vértigo se asomaba a las pupilas bamboleándose igual a una danzarina egipcia en estado de éxtasis. Por la dentadura, todo zócalo afiladísimo, se mondaba la naranja y el cuchillo la dejaba pelada y lisa como las nalgas de un recién nacido. El inmenso tornillo sin fin mostraba sus peldaños de filo lijado, y a cada paso el temblor se ponía una corona de abismo, perfumada de humedad y liquen. El musgo en las paredes le daba la suavidad y la textura del parche, aquí desnuda la naturaleza del granito, allí vestida con el moaré del vegetal. Ellos, los arlequines, con sus rombos violetas y amarillos descendían aterrados. El pavor era un eclipse en el antiguo Egipto y la gente se ocultaba en sus casas ante la muerte inminente del todopoderoso Faraón, y el mismo Dios en su cama de caoba tallada sufría la desesperación de la pirámide inacabada, truncada por la mitad, sin la cámara de tesoro completa para ofrecerla a la otra vida. Bajaban los arlequines por la escalera de caracol, la prodigiosa Feria de Sevilla se abría en la macabra máquina de engullir, y la anaconda, su estomago, su intestino, los engullía con ferocidad. Aquí ponía un pie el arlequín Segismundo, azul y de rombos plateados, y el pie no se decidía a pulsar la tecla del piano, una mano se agarraba al musgo y la uña se quebraba y se llenaba de arenilla, el cuerpo no respondía el embate y el hueco exhalaba el hedor del hambre en todas sus exorbitantes dimensiones. Cada caleidoscopio descendía por la escala, la obscuridad disminuía el brillo de los trajes, las formas de los atletas eran sugerentes, ángeles o marcianos para las fauces de la bestia. Regente puso su cuerpo en la navaja, la navaja estaba aceitosa y brillante, un paso hacia abajo y la luz del intestino que le pide: entrégate, cae, ven hacia nosotras, las sirenas nauseabundas del fondo. Y el fondo no se veía nunca, nunca, no existía el cielo, sólo la escala con sus peldaños, igual a la dentadura que no se acaba, que desciende dando vueltas y más vueltas, tal un tiovivo paranoico. Serena, de rombos dorados, de tercos y redondos seños, curva en la curva, baja, el demente caracol le dice ven, la quiere arrastrar y machacarla entre sus dientes. Chupa con lujuria, chupa una y otra y otra vez, y los arlequines bailan bajo el infinito deseo de succión de la colosal herramienta de la elipse. No tiene fondo su maquinaria y los protagonistas que la sufren se agarran desesperados a la fresquísima pared mientras ellos mismos se empapan de un sudor glacial. La locura hace surgir extrañas composiciones musicales que chirrían eléctricas y agudas por la garganta colérica del molusco. Los arlequines brillan en la sombra y si uno se despeña un diapasón maligno hace vibrar las cuerdas de la demoníaca arpa cual si un loco lo tocara furioso e inmisericorde. A cada paso que da el colectivo pareciera que la dificultad se hace más y más grande hasta alcanzar la inconmensurable calidad de lo horrísono. Y el pavor caracolea como dientes convertidos en agujas, como uñas y uñas y uñas y más uñas, garras y garras y más garras. Las zarpas son los escalones y ellos están dentro de las zarpas. El monstruo es el hueco que lo aspira todo, y ellos están en la epidermis interior de ese hueco. La demencia se pavonea, es un jorobado con tres ojos, la demencia se pone a bailar, es una rosa de pétalos de fuego, la demencia quiere comer, y es el tubo, la boca, el intestino, por donde los arlequines descienden atormentados.

Septiembre 26, 2006


sábado, 3 de enero de 2015

El Tintero de la Mariposa.

La Canariformis spléndida es una mariposa de los bosques de Sumatra bellísima. Sus alas, irisadas y brillantes adquieren a la luz del sol todos los matices tornasolados del arcoiris, violetas o morados profundos, fucsias intensos, verdes soberbísimos. Cuando vuelan en grupo de quince o veinte parecen una serpentina de colores lanzada en un festejo de Navidad o Victoria. Por la selva, en las profundidades donde se mueven, sus larvas se alimentan de cadáveres descompuestos, crecen especialmente espectaculares en los cadáveres corrompidos de los tigres muertos. No hay dos iguales, cada una es distinta, las hay que son como de un hilo de oro de seda, brillantes y divinas y que casi pudieran con sus alas parecer de pan de oro. Otras en cambio son de amarillo limón, un limón muy agrio y dorado que en sus alas transparentísimas las hace similar a láminas de extraño celofán. Las orugas en cambio son tan negras que parecen en los cadáveres de los que se alimentan una extraña larva infecciosa que precisamente los haya devorado desde dentro. No hay nada más horrible que el cuerpo magnífico de un tigre muerto al que estas orugas hayan atacado, de su boca llena de sables las orugas cuelgan negras y espectrales compitiendo a su vez con las larvas de los escarabajos, las moscas, y los tábanos. A veces salen de las cuencas vacías de la feroz bestia caída y semejan entonces gusanos infernales en un monstruo de rayas. Las crisálidas son de color naranja, a gran altura, sobre la bóveda altísima de la selva, sirven de alimento suplementario a los monos, que las encuentran sabrosísimas y pelean iracundos si hay escasez de ellas en las inmediaciones. Vuelan en grupo de veinte o treinta atadas entre ellas por los invisibles lazos de una potente feromona exhalada por cierta glándula de su tórax. Y se alimentan de las extraordinarias flores que la exuberante vegetación crea. La Canariformis spléndida es altamente apreciada por los vendedores de tinta china, de ellas se obtiene el negro índigo, un negro azulado que vuelve locos a los especialistas en caligrafía china. Se organizan espectaculares cacerías buscándolas, cada mariposa vale siete euros en el mercado negro de Pekín. Allí, a veces se subastan y en los subastadores el frenesí incrementa el precio a catorce, quince, exagerando o incluso sin exagerar cincuenta dólares. Por eso hay toda una caterva de cazadores furtivos que invaden el Parque Natural del Este de Sumatra. Cuando llegan en un bote a la casa del calígrafo éste entra en éxtasis, se apresura a prepararlas. Ya están muertas, claro, lo ideal es exprimirlas cuando están vivas pero entre Java y Pekín hay tres mil millas. El calígrafo machaca las mariposas en un mortero, vierte un poco de alcohol sobre él y aceite de lino, y hierve después el compuesto, depositándolo más tarde sobre el tintero. Chian Tseging cogió entonces el pincel y sobre la tela de algodón escribió la palabra Fin.


Septiembre 24, 2006

El Muñeco de Nieve.

Acabábamos de matar al muñeco de nieve cuando brotó el primer interrogante ¿qué hacer con el cadáver?. Habíamos asesinado al muñeco de nieve, el clásico muñeco de nariz de zanahoria y tres bolas, mediante un hachazo descomunal, y ahora surgía la pregunta de qué hacer con el cadáver. Su cabeza, separada del cuerpo, sonreía abyecta y desafiantemente como diciendo: ya ya ya, ya podréis hacer lo que sea que la policía y el Grupo de Defensa de los Muñecos de Nieve (GDMN) os seguirán los pasos hagáis lo que hagáis. La cosa se ponía seria por momentos, en nuestro grupo un ángel de silencio, de alas precisamente de nieve purísima, sobrevoló callándolo todo y a todos, y un cirio de sándalo perfumante encendido en el comedor se apagó de golpe dejando un soplo de humo, fantasmal y serpentiforme. Alguno de nosotros pensó en esperar a la mañana. El sol haría por nosotros más que ningún otro aliado, justicia solar para la nieve pura, bálsamo de calor para los cuerpos de hielo. Pero no la teníamos todas con nosotros. Es más, no cabíamos en nuestro pellejo de miedo. El GDMN es un grupo de paranoicos terrible, lo he visto actuar y sus malos modos , la justicia que practica al modo de Lynch, expeditiva y tremebunda, y el castigo que imparte es abracadabrante. Durante una media hora estuvimos detenidos en aquel cónclave decidiendo, con miedo, qué hacer con el descabezado muñeco de nieve. Alguien, bastante truculento, pensó en deshacerlo del todo a base de hachazos y golpes hasta que solo fuera nieve tan nieve como la nieve que rodeaba el jardín. Luego nos desharíamos de la zanahoria, haciendo un sabroso puchero, y guardaríamos el sombrero de copa encima del armario. Vomitamos. Era demasiado aquello, éramos asesinos pero no éramos tan asesinos como para profanar de aquella manera la nívea escultura, hubiese sido un desacato a los Derechos Muñeconaturales. Aquella no era una buena idea. Otro de nosotros pensó en recomponer de nuevo el muñeco pegando de nuevo la cortada cabeza a su tronco. Pero ¿y si el muñeco hablaba?, ¿y si contaba el espanto que había sufrido a nuestras manos?, ¿y si se iba de la lengua?, ¿qué haría con nosotros el GDMN?. En fin, en todo eso estábamos cuando desde las estribaciones de la sierra, en lontananza, se levantó una borrasca de aire caliente y húmedo desproporcionado, y empezó a chorrear desde el cielo y a llover a mares. Toda la nieve fue acuchillada por el agua y el muñeco de nieve empezó a desaparecer. Se derritió como si nunca hubiese existido, como si nunca lo hubiésemos fabricado, exactamente igual a un aborto, o como un verso mal escrito que es repudiado por su autor antes de ser impreso. Con la lluvia, la salvadora lluvia, llegó su disolución y nuestro descanso. A la mañana siguiente ocultamos la bufanda mojada y el sombrero de copa. Con la zanahoria hicimos una ensaladilla rusa riquísima y aunque un inspector del GDMN apareció por nuestra casa con su cara esfingítica y esaborida, sospechando, malage y riguroso, severísimo y desconfiado, volvió sobre sus pasos sin haber cazado nada, ni haber podido demostrar nada. Mucha lluvia cayó deshaciendo aquel cuerpo y borrándolo igual que se borra el garabato hecho a lápiz de un niño pequeño con una goma de nata. A nosotros sólo nos ocupó aquello la deliciosa ensaladilla rusa que degustamos con pasión. Habría que hablar también aquí del problema que tienen los chavalillos con el GDDG, (Grupo de Defensa de los Garabatos), pero eso es harina de otro costal.

Septiembre 12, 2006


Amarillo.

Un Relato mediocrísimo para matar el Tiempo.

Mi astronave dejó de funcionar. Nereida VII dejó de llevarme por los espacios siderales, herida de muerte por un rayo C que los Obscenitas me habían lanzado desde su destructor. Durante unos escasisegundos Nereida VII me mostró todas sus posibilidades: o Chancrosia V o Terrameni VIII, y elegí, no sé porque extraño designio de mi infraconsciente, Chancrosia V, el planeta amarillo. Chancrosia era un planeta habitable o por lo menos respirable, Nereida VII me teletransportó allí en un escasisegundo antes de dejar de funcionar. Así que era un náufrago en un planeta desconocido, bueno, decir un náufrago con las infinitas posibilidades de subsistencia de mi astrotraje es exagerado, yo no era ningún Robinsón Crusoe que una tempestad hubiese lanzado desnudo al peligro, era más bien el turista inmensamente rico que pierde su patria y se exilia con dinero. Y allí estaba yo, en Chancrosia V, desconocido, amarillo y desconocido. Hasta donde abarcaban mis ojos todo era una gran extensión plana y amarilla, de una planitud perfecta, sin absolutamente ninguna ondulación, meseta o valle, y bajo el cielo inmensamente verde el planeta parecía una bandeja sin límites, histéricamente marfil. Le di al botón de agua de mi anillo de supervivencia y un leve reguero de agua apareció ante mis ojos cayendo desde un punto sobre mi cabeza sin aparentemente originarse sino de la nada, como por arte de magia, aunque profundos milenios habían pasado desde la invención del hacha de silex hasta que los científicos dieron con aquel proyecto de antimateria condensada. Luego, hambriento, apreté el botón de alimentación y ante mí flotando apareció tras un leve destello un par de píldoras de concentrado nutritivo. No hacía falta más, podía vivir mil años en aquel planeta, más que mi propio tiempo vital disponible, pero estaba totalmente solo. Pensé por un momento darle al botón de sexo, e inmediatamente haría el amor con mi más deseable fantasía y obtendría el correspondiente orgasmo sintético pero no me pareció oportuno, antes tenía que explorar el planeta, buscar alguna forma de vida, o sencillamente ver que tal era. Comencé a caminar. Anduve una infinidad de tiempo y la noche se me echó encima, todo era plano, estaba cansado y la obscuridad me aterrorizaba, apreté el botón de defensa y apareció ante mí el cubículo defensivo donde pernoctaría. Me introduje en él, era una esfera, una especie de iglú, hecho de energía, invisible para cualquiera que estuviera fuera de él, imposible de penetrar salvo por mí, totalmente opaco a la visión exterior pero transparente a mis ojos, podía ver sin ser observado y además el extraño suelo de mi guarida, iridiscente y de infinitos colores, era blando y tierno, mi espinazo podría descansar y mis huesos, cansados por la aventura, calmarían su reumático dolor. Apreté el botón de música y sintonicé a la fuerza la cadena de música clásica de mi planeta madre, no podía sintonizar ninguna otra cadena. Me puse a observar la noche de Chancrosia hasta que el sueño me invadió por completo. El planeta ha dado veinte vueltas alrededor de su sol, llevo veinte años solo en este planeta amarillo, liso, sin animales ni vegetación, no lo he explorado por entero, desde luego, es inmenso, como mi soledad, como mi desesperación, inabarcable, aburrido, soy un prisionero, un náufrago sin Viernes, sólo mi salud es perfecta y al menos la música clásica me acompaña en mi destierro. Podría ser peor. Sólo mi locura es mi vecina, le he dado infinidad de veces al botón de ataque carbonizando los alrededores, por eso en los aledaños de mi existencia solo hay negra destrucción, y el paisaje deja de ser plano y amarillo fulgente convirtiéndose en negro, rojo, esmeralda, marrón, alterado por explosiones y rayos beta, pero aún así es poca la extensión alterada pues el planeta es inmenso y yo un ser insignificante en dicha cárcel. Solo las estrellas y el sexo masturbatorio son mis compañeros en Chancrosia V.

Agosto 30, 2006


viernes, 2 de enero de 2015

La Luna y el Mar. Continuación de la continuación.

Llevaba media hora buscando almejitas en la orilla del mar cuando me encontré por casualidad con un caracolito marino bastante grande. La orilla del mar brillaba bajo el sol y las algas verdes parecían la cabellera de una extraña mujer tendida e inexplorada. Arrimé aquel caracol a mi oreja porque siempre se dice que se escucha el mar, lo cual es una tontería si uno ya estaba en el mar, pero lo hice, y al hacerlo oí doblemente el eco de aquella orilla que parecía un infinito desierto y al mismo tiempo un inmarcesible oasis de frescura. El mar, voluptuoso desde su caracol violeta y ocre me dijo que era hora de hacer un castillo de arena. Le hice caso y empecé a hacer el castillo, con sus fosos de iracundos cocodrilos y sus almenas y sus ojos de aguja. Un extraño castillo, mitad molusco, estaba hecho con la arena semilíquida que caía de mis dedos, mitad laberinto. Cuando lo terminé vi que tenía muchos defectos de construcción y los habitantes de la fortaleza estaban enfadados conmigo por haber hecho una aldea tan inapropiada. Les dije que o se conformaban con aquello o que volvieran regresando al mar. Refunfuñaron y me volvieron la espalda. Aburrido regresé a mi casa y me puse a jugar con el bote de mermelada de melocotón en el que tenía encerrada a las estrellas. La curiosidad me pudo y quise sentir lo que se siente cuando uno tiene una estrella en la mano. Abrí el bote y dejé caer las estrellas sobre la mesa de mármol. Las estrellas al principio se pusieron muy rojas muy rojas, rojísimas, salvo una que siguió siendo azul y que parecía indiferente a la libertad. Pronto las que se habían puesto sanguinolentas se transformaron en escorpiones de fuego, negros y ardientes, espectrales y amenazantes. Era tanto su ardor que se clavaron a si mismos sus aguijones y ardieron dando una luz amarilla muy violenta y echando chispas furibundas y evanescentes. Dejaron un cadáver de cenizas cada uno de un color distinto, verde, violeta, fucsia. Soplé sobre aquel polvo y mancharon la hermosa alfombra iraní y uno de los arabescos protestó cambiándose y transformándose en un carácter chino disparatado y agresivo. Pedí disculpas al arabesco y se enfureció aún más, es más, todos los demás arabescos empezaron a cambiar, a metamorfosearse en caracteres chinos y lo arabigoandaluz dejó paso a lo extremoriental entre leves sonidos de un gong lejano. Mi alfombra persa ya no era persa, ahora era China, Indostaní, japonesa, y aquello me puso nervioso, le di una fuerte patada a la alfombra y desapareció. Me quedé mirando la mesa de mármol con la única estrella que quedaba, azul y totalmente pasiva. Era una estrella melancólica, la cogí entre los dedos, sentí un leve chisporroteo y poniéndola entre el índice y el pulgar me puse a dibujar con su espíritu sobre el mármol. El mármol quedaba grabado y es curioso, sólo me salían formulas logarítmicas y extrañas ecuaciones matemáticas y algebraicas, con signos de la física cuántica, diferenciales e integrales, derivadas parciales y polinómicas. Culminé una extraña fórmula, dificilísima y de cuasi imposible resolución y volvió a aparecer la alfombra iraní llena de rosas. Satisfecho de mi estudio guardé la estrella otra vez en el bote de mermelada.

Septiembre 5, 2006


La Luna y el Mar. (Continuación).

Me eché a dormir con mi pulsera psicodélica y con el deber cumplido de haber asesinado a la luna. Mientras dormía un sueño se acercó al interior de mis ojos y gritó al oído su melodía de cristal. Soñé que era un niño en la playa y que tenía un cometa dorado, de ámbar, y que lo izaba muy alto muy alto. El hilo de seda que atrapaba el cometa se rompía y éste, revoltoso, se negaba a volver a mis manos, gritándole a las nubes: soy libre, soy libre, mirad como vuelo, pero las nubes se enfadaban y se ponían de acuerdo para llover a un tiempo, negras y malhumoradas. Entonces el cometa empapado volvía a mis brazos tiritando de frío y yo lo castigaba de nuevo escribiendo en uno de sus alerones, propiedad de Francisco. Después lo guardaba en una caja de cartón junto con una lámpara vieja y yo detrás de unas cortinas verdes me ponía a escuchar lo que decían sin que supieran ambos que yo estaba presente. Oía la conversación, la lámpara, cubierta de polvo tenía cinco brazos como un extraño pulpo de bronce y contaba las historias que había visto en la casa del Duque de Chispirita, decía que había visto a la muñeca de pelo azul reñir y hacer el amor, hacer el amor y reñir con un cuadro abstracto que el duque tenía en el salón. Que una vez la muñeca de pelo azul se introdujo dentro del cuadro, trece manchas de color naranja y una mancha de color violeta y verde y que cuando salió estaba vestida de amapolas rojas y llevaba un collarito de zafiros provocadores que estaban todo el día gritando y brillando, brillando y gritando, histéricos y deslumbradores; que el cuadro abstracto cuando salió la muñeca se descolgó de su chincheta y se puso del revés, con una mancha más, de color amarillo furioso que trinaba silbidos de piano y violín como un canario. La lámpara también le contó que había visto al Duque de Chispirita echar veneno de clepsidra en un jarrita de color granate y dársela de beber al gato cenizoso porque éste maullaba todas las noches buscando gatitas y no le dejaba conciliar el sueño pero que el felino sobrevivió, se volvió aún más cenizoso y se vengo del conde arañando hasta la muerte el sillón de armiño del aristócrata, que quedó deshecho de tanta uña afilada. Cuando la lámpara iba a contar la historia del cascabel que le pusieron a cenizoso me desperté. El sol bailaba en el cielo y no se le podía mirar de frente pues daba bofetadas pero me di cuenta de que le faltaba un cacho de cielo al cielo. El cacho de cielo que yo había arrancado para asesinar la luna, y resulta que por el trozo ausente se veía el interior del cielo. Metí mi cabeza en el hueco, primero con miedo pero con mucha curiosidad, y luego me metí dentro del mismo cielo. Como soy muy discreto otro día quizás os contaré lo que allí vi pero tengo que tener mucha precaución pues no quiero que nadie más entre y estropee aquello. Después de haber estado en el cielo salí de allí y me puse a buscar almejitas a ver si daba con el cadáver de la luna que había encerrado en una de ellas.

Septiembre 5, 2006


La Luna y el Mar.

Muy propio de mujeres romanticonas e idiotas, la luna y el mar.

Bien, cogí las tijeras, estas tijeras que tantos dedos han cortado, y de un solo tijeretazo o mejor dicho de una simple puñalada desbaraté la luna. La luna, rasgada, quedó en el cielo, fracturada, rota, deshecha, chorreando sangre de luna, una estela de plata que caía sobre el mar. Las estrellas empezaron a llorar al ver mi execrable acto, una detrás de otra dejaron de ser azules o blancas para convertirse en puntos rojos y todas ellas se lanzaron hacia mi en persecución como abejas feroces. Cogí el insecticida. Apreté el botón del spray sobre las indómitas y rebeldes estrellas persecutorias y cayeron muertas de frío al suelo. Luego las barrí, no quería que nada manchara mi hermosa alfombra iraní, sus hermosos arabescos me incitaban a un respeto sacro a su hilo de lana entretejido. Aburrido tras el espantoso asesinato me di cuenta de que la luna aún agonizaba en el cielo, llena de horribles cicatrices y luchando por su vida, lanzando agridulces destellos de dolor a un cielo negrísimo que la contemplaba sin misericordia, la arranqué del cielo y la estrujé con fuerza, mi odio era descomunal, no tenía fondo y en mi insondable aborrecimiento hacia el astro, mi corazón tan negro como la inmisericorde noche sufría ante su insolente rebeldía. No conseguía asesinarla, apretaba y apretaba el torturado cuerpo del planeta y su jugo, blanquísimo, que tenía aspecto de leche de seda, me empapaba las asesinas manos, no pude resistir más y la introduje en el mar para ahogarla. La introduje dentro de la caliente marina, el mar de obscuro se volvió luminoso, claro, le había introducido la bombilla de nácar fluorescente y entonces pude contemplar el fondo que oculto a mis ojos se desvelaba. Los peces que estaban dormidos despertaron de pronto y empezaron a protestar, apaga la luz, dijeron a coro, protestando y gritando histéricos, estaban soñando que eran colibríes y yo les había devuelto a la realidad de su oficio, ser alevines de arenque. Un poco avergonzado y temeroso, bueno, mejor dicho, más temeroso que avergonzado, pues esperaba que de pronto apareciera el escualo furibundo lleno de dientes erizados y terribles, cogí lo que quedaba de la luna, aplastado y arrugado y lo encerré en una ostra. Los peces aplaudieron y una estrella de mar, muy roja y muy lozana se apresuró sobre mi brazo rodeándolo con sus dedos y se quedó en mi muñeca como una marca indeleble. Saqué el brazo del agua y tenía una magnífica pulsera, fosforescente y carmesí. Me acordé de la estrellas que muertas y apagadas yacían en el cubo de la basura y miré por si había alguna viva. Efectivamente, había diez o doce brillando y no mediocremente por cierto, las encerré en un tarro de mermelada vacío y las metí en el frigorífico porque no quería que se quemaran de su propio fuego interior. Ahora ya no se qué hacer con ellas.

Septiembre 5, 2006


Rojo.

El gañán, de unos cincuenta o sesenta años, delgado, casi hasta el borde de la inanición pero fuerte y combativo, muy fuerte, dotado por la naturaleza de acero y violento nervio, fumaba un pitillo y de sus manos nudosas y huesudas el humo a veces parecía un serpiente enroscada. Le brillaba un diente de oro en su abrupta boca y una carie descomunal ponía negro otro incisivo dotando al hombre de aspecto fantasmagórico. Bajó las escaleras despacio con su jaula en una mano, una jaula de alambre oxidado, sucia, terrorífica prisión para la hermosa veleta de torre de Iglesia gótica que tenía allí encerrada. El recinto olía a nardo podrido y tabaco, a buen vino de Jerez y boñiga de caballo, se mascaba la fiebre de los apostantes, los recios campesinos, más de uno con una lesión premelanoma, curtidos y amorenados por el sol, quemados, gastados, añejos, afeados por el astro solar, maduros ya a pesar de ser muy jóvenes. El gallo, de tornasol rojo, se lanzó a la batalla, picotazo va y viene sobre su negro compañero, el espolón de acero, cuchilla de diamantes, y la hermosura del ave, pequeño pavo real rojizo. Pelea de corral y apuesta del jornal de la siega. Chumbera lejana llena de tormentos e imprecaciones, dulzor espinoso, azúcar erizada de venenos pero muy azúcar y muy deliciosa, apetecible. Un arpa de plumas de bronce se enfrentaba a otra arpa de plumas negras y el violento concierto, lleno de ira y belleza abría sus nacarados sonidos de espolones afilados a un coliseo de gente quemada. Aguardiente y manzanilla, aceitunas verdes, lirios inexistentes, hoces oxidadas, guadañas negras. Los sombreros negros en los viudos, y en la parte opuesta de la finca donde se burlaba a la gobernación la vieja mula que come del pajar y la paja seca, y el ardiente verano, danzando con alacranes bajo la parra verde. Reflejando el sol en un cubo de agua. Se miraron los dos hombres con miedo y deseo, ¿cómo ocultar el deseo prohibido?, allí la apuesta, el furor de la ganancia, y en el círculo los dos gallos haciéndose daño, clavándose las espuelas y las gotas de sangre roja de gallina en la arena húmeda o seca, a la sombra, bajo el techo de paja y hojalata. Se miraban los dos hombres con deseo y nunca se abrazaron y nunca se bebieron. La borrachera ocupó después cuando el sol caía el recinto, el gallo muerto fue tirado en un cubo de Zinc, el vencedor volvió a su jaula de oxido, su dueño afortunado sonreía, y le decía mi niño al pájaro herido, chorreando sangre, lleno de picotazos y espolonazos sangrantes. Rojo el sol se hundía, la tarde arriba era violeta y púrpura.

Septiembre 5, 2006


Verde.

Un relato para Matar el Tiempo.

Aldonza Gutiérrez venía a la fiesta. La muchacha más apoteósicamente buena de quinto venía a la fiesta y sobre nosotros los organizadores del evento sobrevoló el terror, ya no sería una simple fiesta de Halloween, sería la Fiesta, la fiesta con mayúsculas, la fiesta por excelencia. Había que prepararlo todo, la sangría, con mucho vino con Casera, los tripis, que se agenciaría Felipe el intrépido, de una botica, para eso éramos estudiantes de Farmacia, y los pastelillos de nata, que traería Juanjo de su pueblo, los pastelitos más aterradoramente deliciosos probados por paladar humano alguno, de un dulzor indescriptible, que se quedaba en la boca proclamando la victoria de la gastronomía, exhibiendo su impúdico y sabrosísimo sabor cual una avalancha de mermelada. Aldonza Gutiérrez vendría a la fiesta y el solo hecho de pensar en su cuerpo de miss España ya provocaba el sudor y el escalofrío. La fiesta comenzó a las diez, la tradicional fiesta de disfraces, y la primera en llegar fue Paula, la de cuarto, la de los senos inmensos, tan grandes como melones o sandías, una muchacha de senos descomunales capaz de poner en erección a un batallón de legionarios si exceptuamos la anécdota de su chata nariz. Iba vestida de Spiderwoman, roja y azul y con su tela de araña, los senos, apretados en el vestido de superhéroa parecían dos grandes y bellísimas protuberancias turgentes, deseosas de ser mordidas y bebidas y festejadas. Pronto una columna de marcianos, hombres lobo, y astronautas la rodeó, era la cagarruta rodeada de moscones, la deliciosa tarta de fresa rodeada de abejitas. Y ella, orgullosa de sus monumentales domingas, se paseó triunfante, victoriosa, moviéndose como una danzante o una bacante. Carlos Díaz llegó a la fiesta, vestido de danzarín de ballet, no hizo mucho esfuerzo en buscar vestido porque en sus ratos libres ya era bailarín aficionado, siempre me he preguntado cómo hizo para sortear la inmensa carcajada que se daría en las inmediaciones al coger simplemente el autobús, cómo resistiría su mente las enormes y esplendorosas risas, sonrisas, carcajadas y burlas que provocaría su traje de bailarín, pero allí estaba, enseñando el culo y enseñando su paquete genital en su traje de malla negra. Pero peor fue lo de Jacinto Fernández, que vino vestido de escocés de Escocia, con su falda a cuadros, su sombrerito rojo y su gaita, gaita que no sabía tocar y a la que sacaba pitidos agudos ensordecedores y desagradables, chirridos afilados y erizados de espinas. Y por fin llegó Aldonza, vestida de caperucita roja, o mejor dicho, vestida de caperucita verde. Porque era una caperucita estrambótica y su traje era una capa de un rabioso verde fosforito, de un verde iracundo como los élitros iridiscentes de un coleóptero, de un verde dañino para los ojos, de un verde carmesí, de un verde tan puntiagudo como el filo de las navajas. Y le sentaba mal el traje, le sentaba mal el traje porque ocultaba su belleza de gacela y sirena, su cuerpo de curvas perfectas, su cuerpo ganador del Miss España. Y por fin llegó Aldonza y con ella cuarenta fotógrafos, cuarenta periodistas y cuarenta admiradores con dinero.

Agosto 29, 2006


martes, 30 de diciembre de 2014

Naranja.

Aquella partitura estaba escrita en color naranja. Las fugas y las redondas se masturbaban frenéticas y ansiosas y las notas de silencio eran diminutas como pasos de niños buscando caramelos en la cocina prohibida. Una corchea naranja basculaba a punto de caerse del pentagrama y describía una elipse y el sonido que el autor había impuesto a los instrumentos abría una ventana hacia un oculto palacio. En el saloncito naranja, sobre un sofá interminable de un color naranja rojizo, fuerte como una pintura impresionista, se desarrollaba la orgía, las dos mujeres vendían el alma a Satanás y sus lenguas, víboras ocultas en sus labios nacarados, se mezclaban con la promiscuidad de los moluscos marinos. Desde el punto obscuro de una pintura abstracta de fuertes tonalidades naranjas, amarillas y tornasoladas, miraba el sátiro, el espía, el de la otra habitación. Juanjo había hecho el agujero expresamente para observarlas, su hermana y la profesora de dibujo, qué placer el del incesto se decía a si mismo mientras observaba desde su oculta pared los movimientos delicuescentes de las dos sáficas amantes. Ellas, transidas, se adjudicaban caricias y besos lascivos, desde el diminuto bulbo de la oreja hasta el leve dedo meñique, los dientes, como perlas carnívoras, marcaban una pulsión luminosa en sus cuerpos de amantes entregadas. Juanjo sudaba tras el muro, su cornamenta de sátiro se agitaba y obeliscos egipcios juraban deseo eterno de pirámides en los desiertos yertos y calientes. La cola plumosa de un pavo real teñida de naranja adjudicaba a la habitación de dicho color un furibundo estilo propio, crisantemos en los jarrones de cristal, y espejos en los que la candelería ardía espectral y orgiástica. Ellas se lamían posesas cual antiguas hetáiras o suplicantes griegas, sacerdotisas en un rito ancestral y Juanjo, vidente afortunado de los pechos de su propia hermana devoraba la acción de las manos voraces de la profesora de dibujo que se entretenían en el púbico, denso y negro vello de su golfa compañera. A Juanjo le abordaba un éxtasis lúbrico, a sus espiadas lo mismo. Y la habitación naranja, que la partitura escrita a su vez en naranja delineaba en la fantasía, se estremecía con los suspiros de las gacelas oferentes. Gacelas, lobas en celo, o sierpes entrelazadas, de senos redondos y tercos y de largas piernas, enredadas en la pasión y en el pecado, a punto de conseguir un clímax sin punición. Tres naranjas podridas, cubiertas ya de moho azulverdoso compartían una bandeja con un limón amarillo. Juanjo en la habitación negra se deshacía incestuosamente. Un gran espejo mostraba la desnudez del hombre, y el sudor brillaba aceitoso en la frente del satírico efebo.

Agosto 28, 2006


El Relato que no se atrevió a escribir Faulkner.

Charlie ha estado toda la noche enviándonos obuses. Los obuses descendían del suelo como el fuego sobre el infierno, venenosos, lascivos, frutales, brutales, ponzoñosos, descoyuntadores. A John, un obús le cayó de lleno, lo despanzurró de golpe, lo reventó, quedó destrozado, las piernas colgando desprendidas , los brazos arrancados de raíz, las tripas fuera, serpentiformes, chorizos, salchichas sanguinolentas, la mierda por todas partes, el contenido estomacal perfumándolo todo.
La selva huele a magnolias quemadas, a azucenas y a líquenes, pero no cantan los pájaros, sólo suena la armónica del Vietcong, Charlie es un músico estupendo, sabe tocar muy bien ese instrumento, y los obuses describen la armonía caótica del ruido, el ruido que es como un chirrido de adelfas podridas, como un lento eclipsar de retretes y cristales. Toca bien ese comunista su armónica, es un Mozart rabioso lleno de imprecaciones dañinas, sabe poner cada nota de silencio venenoso en los brazos amorosos de la selva, nuestro campamento arde, y su ímpetu no decae, es un danzante frenético que quiere echarnos de allí. Ahora comprobará el sonido de nuestras guitarras.
El avión ha dejado caer el NAPALM, maravillosamente, la gran monja nos ha ayudado, les ha dado a estos amarillos la vitamina y el rosario, la selva parecía un sol ardiente, la apoteosis, hemos sido felices, John estará contento.
Charlie ha vuelto esta noche bajo los juncos, tiene los ojos rojos, es Lucifer y está tatuado de odio, su copa no rebosa nunca, su odio y su sed de venganza no se colmatarán jamás. Hemos decidido darle una lección.
El recién nacido desnudo emite débiles sonidos y llora, le ponemos el cuchillo de combate y lo hacemos dormir, ya tu madre no oirá tu llanto y el Vietcong lo sabe, eres nuestro hijo, nuestro primogénito, calla, tu llanto que eran las campanas del cielo nos molestaba los oídos. Ven, ven a la hoguera, ahora te asaremos, como un cerdito, como un lechoncillo.
Los dos soldados frente a la hoguera comen carne humana, se deleitan, uno de ellos bebe de la cantimplora, el otro arranca de un mordisco la carne de un bracito, es un ángel bellísimo, enfundado en su sucio traje verde, su casco le protege de las balas, está feliz, saborea al enemigo, lo degusta, algo de saliva cae en cada bocado al fango, la hoguera baila, su llamarada amarilla pone a la noche una nota de blancor.

Agosto 27, 2006

El Descenso. Variación Arlekinada.

Van bajando la escalera fantasmagórica. Hacia abajo el hueco de la escalera succiona todo lo que en ella cae sin piedad, omnipotente. Cada peldaño es del filo de una navaja barbera, el escalpelo de un cirujano majara, el zócalo de piedra es suave y resbaladizo, húmedo, aceitoso, tal si fuera la piel de una rana amazónica. El hueco, engulle, chupa, devora, aspira, succiona, tiene la apetencia de una aspiradora, el carácter de la boa constrictor, la capacidad infinita de la máquina trituradora. La escalera de caracol, rigurosamente sencilla, no tiene adornos, es sólo el escalón, la pared, y el hueco, el agujero que traga, el tubo. Miles de escalones en ese tornillo de Arquímedes van desde el infierno al cielo, el infierno está arriba, desconocido, el cielo, abajo, igualmente misterioso. Los arlequines, en medio, buscan salvar sus vidas. Los hermosos cuerpos atletas enfundados en sus trajes de arlequín se agarran levemente a la pared de la escalera, miles de escalones hacia abajo proporcionan la perspectiva del infinito, el terror caracolea sin piedad, es un caballo desbocado al que le arden las crines y de ojos rojos, inyectados de sangre y dientes afilados como agujas satánicas. Los arlequines van bajando los escalones, lentamente, subyugados por el espanto. Pueden caer. Es tanta la altura siniestra, tanto el cansancio, y tanta la estrechez del escalón que el vértigo hace temblar los ojos y mirar hacia abajo es someterse al dolor. Es el carnaval de Lucifer, sentid la sencillez del tubo demoledor, de la enorme boca con sus innumerables e infinitos dientes, sentid entonces también el colorido de nuestros arlequines, sus vestidos rosas con rombos azules, amarillos, negros, repito: es el carnaval de Satanás, el loco, el poeta siniestro, el artífice de la destrucción, el magnífico y soberbio ángel desestructurado. Bajan los arlequines, temblando, con dolor, con miedo, con espanto, con ansia, es la transfiguración de la bestia, su apoteosis, su éxtasis. Punto. Punto. Punto.

Agosto 24, 2006


lunes, 29 de diciembre de 2014

Azul.

El adolescente estrena slips. La madre, bondadosa, compró esta mañana calzoncillos en el mercado, para sus hijos y el adolescente estrena hoy slips azules. El verano marca un baile de escorpiones en los tejados. La noche, caliente de chapa caliente, invita a los cuerpos al mar. La luna busca lobos rabiosos sobre los que ejercer su poder, blanca y redonda y gorda busca cancerberos furiosos para invitarlos a la cacería. El adolescente en su cama observa sus slips azules, estrechos, marcando y apretando sus incipientes genitales. La sangre va de arriba abajo, desciende desde el cerebro del hombre al cerebro de la bestia, el muchacho, bello como la luna, hermoso como la noche, ángel, Apolo, sátiro, empieza a excitarse. El sudor es aceite. En los molinos de almazara las aceitunas estrujadas por el peso vierten su sangre verde y amarilla, su zumo, y en las acequias el agua estancada pide niños ahogados, grillos insomnes que les digan a las estrellas, asomaos a mi profundo cauce, y la noche arriba, encima de los tejados baila pidiendo figuras, a las que bañar de sombra y luna. El adolescente cierra los ojos, su cuerpo destila clepsidras y en la umbría se somete a si mismo, al peso de la carne, se transfigura. El slip azul aprieta y duele, la serpiente de su sexo no desea mallas de lino, sino conectarse al placer, el muchacho se toca, furibundos sacerdotes observan desde sus confesionarios, el pecado busca su victoria, Luzbel feliz y bellísimo se asoma a los acantilados, a la selva, a los volcanes, al fuego, y el muchacho violenta su prisión y se lanza a la luna. Arden llamas azules en las frentes ofuscadas, Manuela danza con sus cinco hijos en torno de la hoguera, jazmines enfurecidos perfuman azoteas y jardines, en los bosques el tigre, sombrío, busca bueyes de torcidos cuernos, el macho cabrío se presenta en el aquelarre de las brujas, negras y desdentadas, horribles y burlonas, la refinería explota, llamaradas y humo negro en la ciudad industrial, los bomberos acuden con sus mangueras al peligro, el fuego quisiera tragarse aquella vieja fábrica. El muchacho, sudoroso, brilla bajo la luna, su cuerpo es de plata y aceite, de liquen y musgo, la fiebre en su alto sexo, es un ciervo virginal solitario en la campiña, Luzbel es un terremoto en la Argentina, en la celda del convento San Antonio, se lacera suplicante, chorrea sangre en la espalda del fraile, violento y buscando a Dios eternamente. El muchacho pone de su ser en el vacío su semilla sin tierra, yermos quedan los campos y novias imposibles sueñan en muchachos desnudos para beberse el mar. El tuerto ladrón espera emboscado a los dos amantes que pasean bajo los eucaliptos. Un aroma de reseda se escancia impúdico en los jardines. Brillan las navajas en los emboscados y el sueño sumerge al que duerme en su infinita prisión.

Agosto 24, 2006